“Durante la ausencia del Imán de los Tiempos, en la República Islámica de Irán, la gestión y el imamato están a cargo de un faqih justo, virtuoso, conocedor de su época, valiente, eficaz, hábil, cuyo liderazgo sea reconocido y aceptado por la mayoría”
(Art.5º Constitución de la República Islámica de Irán) En Irán la soberanía es de Dios, y su ejercicio corre a cargo de un faqih, ese hombrecillo todopoderoso que sienta cátedra indiferentemente sobre lo divino y lo infrahumano. Su desempeño no es infalible ni su legitimidad divina, sino -en esencia- fruto del ejercicio de la propia voluntad del pueblo iraní que, como cualquier hijo de vecino, utiliza su libre albedrío como herramienta inquebrantable de su propio porvenir. De ahí que cada proceso electoral sea considerado un referéndum tanto para los dirigentes iraníes como para los analistas occidentales. La mirada de Occidente pesa como una enorme pluma.
Los acontecimientos se hacen eco de un resultado electoral que ha puesto en duda toda la legitimidad del sistema; legitimidad que por otra parte goza de un carácter dual, que no es poco, y que por ciencia infusa es vulnerada doblemente.
En el período pre-revolucionario de los 70 se removía el islamismo representante de la mentalidad de pequeño tendero de bazar (rotundo combatiente -el susodicho islamismo, no necesariamente el tendero- del occidentalismo, el alcohol, la música, el cine y la inmoralidad), y Jimmy Carter promocionaba los derechos del hombre alentando a los intelectuales iraníes a denunciar el despotismo y la represión. Por riguroso orden histórico-lógico, después debió llegar la revolución.
Pero, qué venía yo a contarles.
Cara A. Morning has broken.- Cat Stevens
Cara B. Blind Willie McTell.- Bob Dylan