25 de octubre de 2012

[Paréntesis (XCII)... Ecuación de los amagos]

" Desde este lado, desde la mismísima mesa donde los almuerzos, las escrituras y el parchís, según se mira a mano derecha, queda la puerta entreabierta del pasillo, donde se alinean en orden de más cercano hasta la parte del fondo, que no se ve muy bien desde aquí, tres macetones de aspidistras, una ventana cerrada, el cuadrito que pintó Agueda, la percha con sus colgaduras, la esterilla que está dentro porque afuera mean los perros del vecino, y en la oscuridad, ya no tan definidos, se supone que el telefonillo de la puerta, los magnetotérmicos, dos plintos caídos y claro, inevitablemente, el paragüero. O sea, más o menos un pasillo estándar. Bueno, pues ahora en el suelo del pasillo están los amagos, esas cosas arrugadas.
Los cuento así con el dedo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Siete amagos, todos calificados tipo CH. Tardes así me vienen, y no se puede hacer nada: me digo suramericanamente: ¡che, qué tarde jodida!, y les tiro otro amago, y van ocho.
Por la espalda, acercándose sibilina desde el sofá, Agueda me espía sumariamente, y aprovechando que estoy sin camisa, con las tetas al aire, me rodea por detrás y me abraza, compensando el apretón de la inspiración con un digamos técnico sobeo de pezones que pretende más cosas.
Quita, quita, le digo, y recomienzo otra vez, pero Agueda ya va lanzada buscando la cremallera, y siento en la espalda el calor duro empujando; ¡que no, que no!, le digo. Nada, sigue; tiene una facilidad olímpica con las cremalleras. Ya no uso braguitas, eso era una ruina. Voy a pelo, sin conocimiento. Entonces me mete mano directamente, qué bruta eres, Agueda, más te valía recoger los amagos del pasillo, le digo, y se los señalo con el dedo índice que no me da tiempo a recoger, pues ya me lo coge y se lo lleva a la boca para sus lujuriosas imitaciones. ¡Deja, deja!, le digo. Pero es inútil, siento la espalda mojada, recorrida por su virilidad, ¿para qué vamos a engañarnos?
En fin, ya que estamos... Nos vamos a la cama, no sin antes lanzar otro amago al pasillo: o sea, nueve.
Pero las cosas hay que hablarlas: Vamos a ver, Pedro, yo estaba inspirada, y mucho. Habíamos quedado que la ecuación se respetaba por encima de cualquier otra cosa: Yo inspirada escribiendo= tú de inmediato Aguedita que me preparas almuerzos y cenas, la plancha resuelta, la vajilla reluciente, cocinilla limpia, y del regado de macetas ni te acuerdas, Pedro, ¿o es que no voy a poder escribir a teta descubierta si me place? Querido, las consecuencias de esposa escritora para que presumas y ligues a mis espaldas pasan por tus obligaciones de Agueda. Esto de que vayamos a la cama así como así -¡hay que ver cómo me has puesto la espalda!- es una concesión excepcional que no se repetirá más veces.
(Me mentiría a mí misma si no pensara yo que en realidad lo mejor es esto, Pedro aquí encima con los ojos cerrados (si te vieras la cara, querido) y los movimientos tan eléctricos. Porque en definitiva nueve amagos tipo CH, a un paso de las llamas de los tipos D, ni tan siquiera con un mínimo acierto para el cajón de arreglos de los C o las esperanzas ya más concretas del archivador de tipos B. Si me llega a salir un tipo A, directo, el verbo en su sitio, el adjetivo zancadillón, la trama tramosa, el argumento argumentoso, enseguida iba a estar Pedro ahora debajo hincándome el deseo. Ah, no, querido, me llega a salir un tipo A, directo a la imprenta, y te la tenías que montar en el baño.)
Pero bueno, Pedro, ¿terminas o no terminas? La proporción es de locura: yo tres o cuatro veces y él... (si te vieras la cara, querido). Da tiempo a que la inspiración vuelva, los dedos adoptando ya la forma para coger el bolígrafo y con esa forma dándole a él golpecitos en la espalda (¿pero otra vez encima?): vamos concluyendo, Agueda, le digo. Yo sé que es un poco mala leche, ya, pero están los acuerdos, las normas de convivencia: yo saco la basura martes y viernes. La compra. Los papeleos del banco. Lo cotidiano. Pero si me viene la inspiración, de súbito, los folios y las tintas, yo ya no estoy, querido, tú debes volver, Agueda, asistenta, criadita mía. Te la puedes empapelar. Es lo acordado, Pedro. ¡Quita, quita!, le digo. Los kleenexs en la mesita de luz, el cigarrillo que quedaba, y oírlo: No puedo, carajo, no puedo; no me lo explico.
Dejarlo, es mejor dejarla. En la mesa están los folios, el bolígrafo, empezar, recomenzar. Para mayor sorpresa mía, cierto tejemaneje autobiográfico se dispara y sube los tipos de interés: tipo C, tipo B, quién sabe si incluso y posible un tipo A, puro, para no tocar ni una coma.
En definitiva son sólo nueve amagos en el suelo del pasillo: varios intentos de poesía arrugada, dos comienzos de relato arrugados, los otros ni me acuerdo, quizá dibujitos en el folio buscando un comienzo. Allí, en la cama, el amago de Pedro-Agueda con la cosa pequeñita insatisfecha. Yo, escritora, con las tetas al aire. Sale Agueda con los ojos como de haber llorado. Lástima. Entre dos frases de la escritura se lo digo: nena, me vas a tener que ir por tabaco."

Ecuación de los amagos, Hipólito G. Navarro
Los tigres albinos, Pre-Textos

2 comentarios:

condado dijo...

O no lo entiendo bien o tengo que comprar el libro para saber qué pasa si los amagos llegan al tipo W, o Z... Veremos...

Ra dijo...

Don Hipólito lo deja así, Condado... a la buena entendedora imaginación :)