23 de agosto de 2012

[Paréntesis (XCI)... De la elegancia, sin más]

"(...) ¿Habéis oído crujir los grandes trasatlánticos, ceñidos por el mar? Así crujía la pieza de Esther la judía cuando nuestro coloquio se prolongaba y mi placer la monopolizaba toda la noche. ¿Habéis oído hablar de las sombras de los desaparecidos que pasean por las azoteas de las casas en que murieron? Así veíamos pasar la silueta inquieta de los machos cabríos retenidos en el brete del burdel. Eran pesadillas sin cesar las que sacudían mi sueño en la pieza de la judía. La tropa del 46 de Infantería no me lo perdonaba.
Independientemente de su voluntad. Era el deseo con la bragueta desprendida, vagabundo por el muro de Alejandría, el que golpeaba con señas convenidas las cuatro paredes de la cámara para apretarlas luego entre sus brazos potentes y ahogarme entre ellas. Poco a poco se convencía de la inutilidad de tanto esfuerzo y astuto tomaba otro camino. Venía entonces a abrir la puerta cuya falleba no sabía correr. No tenía manos.
Descargábase sobre la puerta y empujaba. La puerta era elástica. Parecía ceder para volver de nuevo a ser más rígida. Yo seguía desde la cama la lucha cruenta entre la madera que era de cedro del Líbano y el miembro del deseo vagabundo, y admiraba al fin el triunfo de la puerta.
El sol entraba ya por las rendijas del cuarto malparado y el eunuco de la casa sacudía las alfombras del salón que parecían endurecidas a salivazos, las hojas espinosas de los higos cactus."

Vizconde de Lascano Tegui
De la elegancia mientras se duerme
Impedimenta

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