25 de marzo de 2012

Nexos

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Me estoy deshaciendo de marzo, cualquier síntoma de identidad me parece pornográfico. Contarme es obsceno eppur me busco el límite en posturas cuestionables para la moral y acrobacias varias. Me exprimo, me cuento descontándome. Leo a Rebeca Yanke escupir eché de menos Marienbad durante una noche entera y pienso en plasmarlo en una camiseta y sudarla como se suda la fiebre. Leer y el leve deseo de haber escrito tal cosa es algo que me pasa con ella, algo sanador. Soñé hace nada con Henry Miller, paso por la biblioteca y lo busco entre los andeles con esa sensación vigorizante de saber lo que quiero. Entro en la sala infantil bajo la atenta mirada de un papá interesante que probablemente piense que soy una mamá interesante. Cruzamos miradas con el desdén pertinente. Elijo El libro de Guillermo de Carlo Frabetti y Chucho Chungo de Daniel Pennac por amor a la niña que llevo dentro, porque escribir un libro infantil es lo más serio del mundo, porque juego al estraperlo con una rubia de siete años: le cuento otros cuentos a cambio de resultados del Barça.
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 Uno de los libros de Miller lo tienen en depósito, pregunto a la bibliotecaria quién era R.G. y me dice que un hombre que donó muchos libros a la biblioteca. Obvio. No insisto, me guardo la duda antes de llevármela mal resuelta. El otro es una donación del portavoz del primer gobierno de Felipe González, puede, quizá, tal vez, porque veraneaba, creo, por estos lares. De unas manos a otras, itinerarios. Comparto con estos dos señores, quienes sean, el gozo de leer a Miller en sus ediciones ochenteras: "Un hombre escribe para expulsar todo el veneno que ha acumulado a causa de su forma de vida falsa. Trata de recuperar su inocencia, y, sin embargo, lo único que consigue (escribiendo) es inocular el mundo con el virus de su desilusión. (...) Un escritor corteja a su público tan ignominiosamente como un político o cualquier otro charlatán; le gusta sentir el gran pulso, recetar como un médico, lograr un puesto propio, que lo reconozcan como una fuerza, recibir la copa rebosante de adulación, aunque tenga que esperar mil años. No desea un mundo nuevo que pueda establecerse inmediatamente, porque sabe que nunca lo satisfaría.(...) Se contenta con gobernar insidiosamente -en el mundo ficticio de los símbolos-, porque la mera idea del contacto con realidades crudas y brutales lo espanta.". En boca de ella, Henry Miller se me antoja apetitosamente violento, al igual que yo, tiene sentido del olfato. Anaïs Nin dice: "Creo que si no fuera escritora, si no fuera creadora, experimentadora, hubiera sido una esposa fiel. (...) Pero mi temperamento pertenece a la escritora, no a la mujer". Voy de él a ella, sobre todo de ella a él, a su paso, de un hambre a otro, de una fiera a otra, caminando la casa después de mucho vino blanco; aún no he llegado a June. Estoy diseñando un tupido velo de letras, silencios y voces en off para mi yo huidizo y acorazado. Yo, film-fatale. Aun con la heridita de Tonino Guerra y muere Tabucchi, e intanto noi viviamo, o scriviamo, il che è lo stesso in questa illusione che ci conduce.
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La muerte, el yo y el pudor. Y Sostiene Pereira, y sostendrá la prensa en estos días: "Pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento de medirse con el yo hegemónico que quiere imponerse en la cohorte de las almas. Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir de qué, pero una gran nostalgia de una vida pasada y una vida futura".
Podía escribir los votos más tristes esta mañana, escribir por ejemplo el final de Las ciudades invisibles en una papeleta verde y depositarla en una urna mientras un anónimo pronuncia mi nombre en vano. 
Lo sé, estoy llena de veneno, de eso se trata. El plexo hepático encharcado de tóxicos ajenos y propios, como un gangbang literario en una sala de cine, como agua de... marzo. Sexus, Nexus, Plexus. Et cetera ad nauseam.

Las fotos ad hoc son mías [2] y el fotograma de Wim Wenders [1]. 
El texto de la última foto de Italo Calvino [3].
Los libros en préstamo.
Las cursivas son de Miller, Nin, Tabucchi y Yanke, a cada uno lo suyo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Intenso...

Yo dijo...

Voy a por Miller ;-)

condado dijo...

No ha sido en vano. Sostengo yo que andamos un poco a ve-las vir, cuando ímolas virando (ainda que vive-se bem nesta saudade)

Miguel Ángel Maya dijo...

...Esto es maravilloso: si me quedaran sombreros en la recámara me los iría quitando todos...

Doinel dijo...

No sé si de veneno, Mademoiselle, pero sí de palabras llenas de bocas llenas de versos llenos de hambre... ad infinitum, como un cocido romano.
Un beso enorme