30 de marzo de 2012

Marinai, profeti e balene


En estos afanes de loba esteparia de mar, busco hacerme invisible mientras me tiran de la lengua.
Estoy en huelga de brazos caídos con el mundo.
Al final de mi calle sin salida Vinicio toca el piano.
Tomo asiento siempre a la verita suya para que se saque del sombrero de copa un tu sola hai la cura.
Alguien dará al play de esta canción y la dejará sonar hasta el final mientras
una mitología de su Literatura rompe en una orilla de restos de tejido epitelial salado. Eso hago.
Subo el volumen de esta soledad confortable. Era yo mi Leviatán. No se muere todas las mañanas. Escuecen en las locuciones adverbiales las palabras tan aparatosas como desidia
y voy y digo: ven, sóplame aquí. Entonces, mientras nunca pasa nada en el país astigmático, en el ojo de ese huracán viene un ritmo quedo que arroba con la ductilidad de una fotografía de Saul Leiter
o del hombro extravagante de un multiinstrumentista.
Esto lo escribía hace dos días, y hoy volvería a escribir lo mismo.





4 comentarios:

condado dijo...

No se vaya de ahí, de esa verita (veritá?) que no todos son ciegos, vaya que no...

Microalgo dijo...

Como dijo Stefano Benni, "me quedaré aquí mientras el pianista toque. Y mientras yo esté aquí, tocará".

Torreira dijo...

Ti escrebe...non soplamos.

luna lunera dijo...

Loba esteparia, no se por qué sus letras siempre me recuerdan a un pasado compartido a orillas del Boquerón...no sé por qué.
Deberiamos buscar otra orilla común, ¿no cree?

Besos desde la estepa.