30 de octubre de 2011

The Long-Winded Lady


Ponerle rostro a Maeve Brennan es preguntarse qué ve allí donde mira. Isabel Núñez, su traductora, encontró Crónicas de Nueva York, de segunda mano, en la librería Strand. Tras dos lecturas no puedo más que agradecerle su apuesta.  A ella y a Alfabia. Leer a Maeve es pasear con la prisa justa por el Nueva York de los sesenta, tantearlo con un café aquí y un Martini allá, pasando la noche en hoteles que hoy no existen, dando paseos ovalados o poniendo a sonar a Billie Holiday en una noche nevada. Lo minúsculo cabe en la sobria elegancia de una columna. "(...) Porque la Sexta Avenida posee una cualidad que algunas personas adquieren, a veces de un modo repentino, que las condena a ser amadas en el momento en que se las contempla por última vez". Lo anuncia Isabel en el prólogo: he podido soñar Nueva York de otra manera pero, sobre todo, no he podido evitar encapricharme de la idea de una biografía (lanzo el guante con fe a su traductora) perdida entre la hora del almuerzo en restaurantes cercanos, y los muros de librerías de viejo en las que resguardarse del frío invernal de un frío apartamento. Maeve Brennan pudo haber sido la Holly Golightly de Truman Capote, una intelectual estilosa que escribía para Harper's Bazaar y The New Yorker; fue sofisticada, fue precisa, fue homeless y acabó siendo el reflejo de uno de sus personajes, convirtiendo en hogar, curiosamente, el baño de señoras de la revista que la había considerado de la familia. Por qué, cabe preguntarse. Era una noche demasiado húmeda para pasear. Et voilà.
Rumio sus crónicas con la sensación de estar guardando un recorte de periódico. Del Times de la mesa de la ventana, por ejemplo.

Crónicas de Nueva York, Maeve Brennan
Alfabia

20 de octubre de 2011

When I was younger, so much younger than today

 "Yo también acostumbro a tumbarme 
donde empiezan todas las canciones de Amor" Ajo, micropoetisa.

Hay una señora pidiendo un segundo sobrecillo de sacarina para el café con el que homenajeará a unos churros rociados en azúcar. Hay gente recorriendo el paseo marítimo de un lado a otro para agitar el corazón o mecer la mente. La ida y la vuelta, la mía propia, qué sentido tienen. Pienso en desaparecer, no como licencia poética, sino como extinción. Pienso en las cosas que he pensado decir e imagino por un momento adónde van las cuentas pendientes cuando ya no estamos. Dos testigos de Jehová me bloquean el paso, me piden mi tiempo, me venden lo enriquecedor de intentar encontrar a Dios al decirle que, lo siento, no soy creyente. Acaban de sacarme medio litro de sangre; sonrío: "En esas estamos, señora". Combato el estruendo permanente de las obras urbanas con el Help! en versión Bananarama. Hay un soniquete ridículo en el paso indolente de la gente. ¡Despertad!, coño. Pienso en maneras de hacer más grotesco el día; para eso ya se basta la vida, entiéndanme, no entra en mis planes tentar a Dios: ese caballero que probablemente tenga más motivos que cualquiera para no abandonar el jogging.


Bonus track. Help.- Bananarama

7 de octubre de 2011

[Paréntesis (LXXXVIII)... apuntes]

Durante los meses tristes, centelleó mi vida sólo cuando hice el amor contigo.
Como la luciérnaga se enciende y se apaga, se enciende y se apaga- a medias puede uno seguir su camino
en la noche oscura del olivar.
Durante los meses tristes, estaba el alma desesperada y sin vida
pero el cuerpo caminó directo hacia ti.
El cielo de la noche rugió.
Sigilosamente ordeñábamos cosmos y sobrevivimos.


Apuntes de fuego, Tomas Tranströmer.