23 de noviembre de 2008

Sottovoce

Este domingo nos ha salido mudo.
Mis palabras son francotiradoras con sordina y liguero que dan de lleno en el blanco fácil de tus horas muertas. Con un golpe de voz bastaría para alcanzarte, y este no sería un susurro afónico que mira pero no toca, y los besos, pobrecitos, no precisarían subtítulos en v.o. Pero es que hoy nos sentimos tremendos, y pedimos silencio a los fonemas, y al dietario, y a los parkings, y nos decimos con el pulso de las manos, y nos callamos con la prisa de la boca.

Otros domingos salen ruidosos, sí. Otros, sencillamente suicidas.


16 de noviembre de 2008

La elegante interpretación de los orbitales atómicos

Tocamos y esto no duele. Tú escribes Madame Bovary en el marbete de mi bolso de viaje con una media sonrisa de invernadero, y yo acabo midiendo los meses al paso de las hojas de un calendario persa. Tú te dejas perder la mirada, yo la esquivo. Dos mitades de naranja perfecta a ojos del mundo, que se exprimen estimando la amplitud de los latidos en nodos y puntos suspensivos. Desde entonces la probabilidad de todo es elevada. Uno de los dos tiene la pluma frígida cuando otro el alma, y -aunque busco otra palabra más acorde, no hay una mejor que- viceversa. Lamemos los barrotes de una jaula abierta, pleiteando a ratos sobre los ecos de nuestro Síndrome de Estocolmo, como Flaubert se esforzaba en amar a Eulalie para practicar, entre líneas, su estílo. Somos la epopeya femenina de un rapsoda travestido. Lo sabemos, no medimos. No todo cabe en un Erlenmeyer.
Querido, Madame Bovary c´est nous.

10 de noviembre de 2008

[Paréntesis (XLI)]... Horas de tinta

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.


Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima – dijo.

-¿Y anda bien? -le pregunté.

-Atrasa un poco -reconoció.

Celebración de la fantasía
Eduardo Galeano

Imagen: Cartier Bresson

6 de noviembre de 2008

Big Bang's Lab

"(...)
- Como sea, estaba pensando más en una exploración bio-social con un recubrimiento neuroquímico.
- Espera, ¿estás pidiendo que salgamos?
- Lo iba a disfrazar como una modificación de nuestro paradigma colegas/amigos con la adición de una cita como componente, pero no necesitamos ser sutiles con la terminología.
- ¿Qué clase de experimento propondrías?
- Generalmente hay un patrón aceptado en este área. Me gustaría recogerte, llevarte a un restaurante.... entonces veríamos una película, probablemente una comedia romántica protagonizada por los talentos de Hugh Grant o Sandra Bullock.
- Interesante. ¿Y estás de acuerdo en que el modo primario con que evaluaríamos tanto el éxito como el fracaso de la cita estaría basado en la reacción bioquímica durante el beso de buenas noches?
- Ritmo cardíaco, feromonas, etc. Sí.
- ¿Entonces por qué no estipulamos que la cita va bien y nos movemos a la variante clave?
- ¿Quieres decir besarte ahora?
- Sí.
- ¿Puedes definir los parámetros del beso?
- Cercano, articulado pero romántico... ¿menta?
- Gracias. ¿Debo contar hasta tres?
- No. Creo que necesita ser espontáneo.
(...)"


The Big Bang Theory

2 de noviembre de 2008

Santos, memorias y difuntos

He recorrido un cementerio a paso lento. Lo he hecho cuando aún no tenía la edad necesaria para entender que la muerte no era una regla de tres proporcional –ni mucho menos, justa- al tiempo que llevas vivido. En esos paseos observaba cada lápida, algunas eran sólo una porción de pared con flores tan artificiales y tan paradójicamente marchitas, que me permitían establecer cierta escala de veteranía. Miraba las fotos que de algún modo presentaban al difunto, esbozando las facciones de una inscripción que en otro tiempo había sido un nombre. Para cuando mi madre daba conmigo en aquella distribución laberíntica de mármol, yo ya había encontrado la más antigua. Y allí me quedaba, quieta, calculando en qué época vivió, con los pocos datos egebéhistóricos de los que disponía por el libro de sociales y las historias de mayores. Hacía mucho que no pisaba un cementerio, y hoy he vuelto a caminar sin prisa. Me he detenido en una sepultura que se erigía sobre el suelo, alta y vallada, como si de un terrenito se tratase, con una corona de flores rabiosamente recientes que dejaba leer “Fallecido en acto de servicio durante los graves sucesos de Benagalbón.” 1914. La curiosidad. Esa muerte, que hoy no suena a nada, alcanzó en la fecha una extraordinaria repercusión mediática provincial y nacional, por la gravedad de dichos sucesos, que se escriben en la historia con S mayúscula. Las elecciones a Cortes en Málaga, en concreto en el pueblo (vecino) de Benagalbón, y el recurso a las presiones caciquiles desembocaron en la lápida que tengo ante mis ojos. La escuela de niñas hizo de colegio electoral donde fueron 69 los votos republicanos frente a los 5 monárquicos, pero hubo un presidente de mesa que se negó a firmar las actas y certificados, una vez celebrado el escrutinio, y cuyo voto -o postura-, presumiblemente, dejó de ser secreto. Esta negativa agitó el ánimo popular, según los periódicos de la época, y todo acabó con la muerte de un guardia civil, la detención de casi la totalidad de los votantes que quisieron impedir el pucherazo, y la labor de auxilio de un diputado, Pedro Gómez Chaix, en pro de que las altas instancias de la nación impidieran el trato vejatorio en las cárceles a todos y cada uno de ellos. Portadas de periódicos de un amarillo tristemente pocho. Ahora, con datos más “adultos”, y casi un siglo después, no acaban de salirme las cuentas. Gajes de querer ponerle cara a una lápida.

Imagen: La Unión Ilustrada
Agradecimiento a Miguel Alba.