2 de noviembre de 2008

Santos, memorias y difuntos

He recorrido un cementerio a paso lento. Lo he hecho cuando aún no tenía la edad necesaria para entender que la muerte no era una regla de tres proporcional –ni mucho menos, justa- al tiempo que llevas vivido. En esos paseos observaba cada lápida, algunas eran sólo una porción de pared con flores tan artificiales y tan paradójicamente marchitas, que me permitían establecer cierta escala de veteranía. Miraba las fotos que de algún modo presentaban al difunto, esbozando las facciones de una inscripción que en otro tiempo había sido un nombre. Para cuando mi madre daba conmigo en aquella distribución laberíntica de mármol, yo ya había encontrado la más antigua. Y allí me quedaba, quieta, calculando en qué época vivió, con los pocos datos egebéhistóricos de los que disponía por el libro de sociales y las historias de mayores. Hacía mucho que no pisaba un cementerio, y hoy he vuelto a caminar sin prisa. Me he detenido en una sepultura que se erigía sobre el suelo, alta y vallada, como si de un terrenito se tratase, con una corona de flores rabiosamente recientes que dejaba leer “Fallecido en acto de servicio durante los graves sucesos de Benagalbón.” 1914. La curiosidad. Esa muerte, que hoy no suena a nada, alcanzó en la fecha una extraordinaria repercusión mediática provincial y nacional, por la gravedad de dichos sucesos, que se escriben en la historia con S mayúscula. Las elecciones a Cortes en Málaga, en concreto en el pueblo (vecino) de Benagalbón, y el recurso a las presiones caciquiles desembocaron en la lápida que tengo ante mis ojos. La escuela de niñas hizo de colegio electoral donde fueron 69 los votos republicanos frente a los 5 monárquicos, pero hubo un presidente de mesa que se negó a firmar las actas y certificados, una vez celebrado el escrutinio, y cuyo voto -o postura-, presumiblemente, dejó de ser secreto. Esta negativa agitó el ánimo popular, según los periódicos de la época, y todo acabó con la muerte de un guardia civil, la detención de casi la totalidad de los votantes que quisieron impedir el pucherazo, y la labor de auxilio de un diputado, Pedro Gómez Chaix, en pro de que las altas instancias de la nación impidieran el trato vejatorio en las cárceles a todos y cada uno de ellos. Portadas de periódicos de un amarillo tristemente pocho. Ahora, con datos más “adultos”, y casi un siglo después, no acaban de salirme las cuentas. Gajes de querer ponerle cara a una lápida.

Imagen: La Unión Ilustrada
Agradecimiento a Miguel Alba.

4 comentarios:

Doutora Seymour dijo...

Neste tipo de contas, o sumando nunca da...

(a paciente foi millonaria, Ra, na consulta ten os...resultados...)

Anónimo dijo...

Mss. Azucarillo:

Bravo!!!!!!!!! me ha encantado el paseo que he dado contigo.

al final mi viaje al otro continente quedo suspendido, ya te contaré.

Besos mi niña

Novecento dijo...

Los ejercicios de justicia son a veces desoladores ¿verdad?

besos

Ra dijo...

Sr.Alba, si es usted el autor de "II República en municipio de Benagalbón", como así lo creo, entonces sí. Copio y pego aquí su comentario porque está por error en el post que no le corresponde:

"He leído el artículo y no veo el nombre de la autora.Soy Miguel Alba, el autor del libro sobre el Municipio de Benagalbón. no sé si te refieres amí.
Saludos."

11/12/08 14:21

Le respondo aquí, aunque igualmente lo haga en el otro lugar. De cualquier modo le ruego que de tener alguna objeción con el post, o con la información extraída de su investigación, me lo haga saber, mi email está en la información del perfil.

De nuevo, gracias por el aprendizaje.
Un saludo.

Raquel.